Ucrania, Rusia y Cuba: una reflexión geopolítica desde la experiencia de un cubano

 

Ucrania, Rusia y Cuba: una reflexión geopolítica desde la experiencia de un cubano

Como cubano que ha vivido bajo las consecuencias de un sistema socialista durante décadas, observo la guerra entre Rusia y Ucrania desde una perspectiva diferente a la que suele predominar en los medios occidentales. Mi interés principal no es defender a Rusia ni justificar a la Unión Soviética. Al contrario, considero que el comunismo ha sido una tragedia para Cuba y para muchos otros pueblos. Sin embargo, precisamente por haber vivido las consecuencias de ese sistema, creo que es necesario analizar el conflicto con frialdad y sin consignas.

A mi juicio, la cuestión central no es ideológica sino geopolítica.

Durante el final de la Guerra Fría se produjo una negociación histórica entre Occidente y la Unión Soviética. Más allá de las discusiones jurídicas sobre qué quedó escrito y qué quedó solamente expresado de forma verbal, existe la percepción de que se estableció un entendimiento según el cual la OTAN no avanzaría progresivamente hacia las fronteras rusas.

Durante décadas se mantuvo un equilibrio basado en la correlación de fuerzas. Ese equilibrio permitió evitar una confrontación directa entre potencias nucleares. La paz no dependía de la amistad entre los bloques, sino del reconocimiento mutuo del peligro que representaba una escalada militar.

Desde esta perspectiva, el acercamiento de Ucrania a la OTAN constituye un problema estratégico para Rusia. No porque Rusia sea moralmente superior o porque tenga derecho a dominar a otros pueblos, sino porque ninguna gran potencia acepta con facilidad la presencia de alianzas militares hostiles en sus fronteras inmediatas.

Los propios Estados Unidos demostraron esa lógica durante la Crisis de los Misiles de 1962. Washington consideró inaceptable la instalación de armamento soviético en Cuba, situada a pocos kilómetros de sus costas. Si aquella reacción se consideró comprensible desde el punto de vista de la seguridad nacional estadounidense, resulta difícil negar que Rusia pueda percibir de manera similar la expansión militar occidental hacia su entorno inmediato.

La cuestión adquiere especial relevancia porque la Ucrania contemporánea surgió directamente de la desintegración de la Unión Soviética. Gran parte de sus fronteras, de sus instituciones, de su infraestructura y de su organización administrativa fueron heredadas de la República Socialista Soviética de Ucrania. Esto no significa negar la existencia de una identidad cultural ucraniana anterior, pero sí reconocer que el Estado moderno ucraniano es heredero de una estructura construida durante la época soviética.

Por ello considero discutible la idea de presentar el conflicto únicamente como una lucha entre democracia y autoritarismo. También existe una dimensión histórica relacionada con la seguridad, las fronteras y la herencia del espacio postsoviético.

Desde mi perspectiva, la solución más razonable pasa por una negociación que garantice la neutralidad militar de Ucrania. Esto permitiría reducir las tensiones entre Rusia y Occidente y disminuir el riesgo de una confrontación permanente.

Pero la importancia de este conflicto va más allá de Europa.

Para quienes observamos la situación desde América Latina, existe otra preocupación. Cuando las tensiones aumentan en Europa oriental, Rusia y China buscan ampliar su presencia en otras regiones estratégicas. Cuba, Venezuela y otros países pueden convertirse en piezas de una partida geopolítica mucho más amplia.

Los cubanos conocemos bien esta realidad. Durante décadas nuestro país fue utilizado como plataforma estratégica dentro de la confrontación entre bloques. Hoy continúa existiendo el riesgo de que Cuba siga siendo utilizada como instrumento por potencias externas mientras la población permanece privada de libertades políticas fundamentales.

Por ello considero que la verdadera solución debería ser global.

Europa necesita estabilidad.

Rusia necesita garantías de seguridad.

Estados Unidos necesita reducir los focos de conflicto en su entorno estratégico.

Y América Latina necesita liberarse tanto de las dictaduras ideológicas como de la utilización geopolítica por parte de potencias externas.

Mi aspiración sería un escenario en el que Rusia y China dejaran de utilizar a Cuba como pieza estratégica, mientras Estados Unidos y Europa reducen las dinámicas de confrontación en el espacio postsoviético.

Una Cuba democrática, con elecciones libres, pluralismo político, Estado de derecho y apertura económica, sería una contribución mucho más valiosa a la estabilidad continental que cualquier alineamiento ideológico heredado de la Guerra Fría.

Quizás la verdadera lección de esta crisis sea que ninguna región del mundo gana cuando las naciones pequeñas son convertidas en tableros de juego para las grandes potencias.

La paz duradera no depende únicamente de quién tenga razón en un conflicto concreto. Depende de construir un equilibrio en el que ninguna potencia sienta la necesidad de responder a una amenaza creando otra amenaza en otra parte del mundo.

Y tal vez sea precisamente esa lógica de equilibrio, y no la lógica de la confrontación permanente, la que permita a Europa, América y al resto del mundo abandonar definitivamente las sombras heredadas del siglo XX.

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