EL BUENO, EL FEO Y EL MALO
EL BUENO, EL FEO Y EL MALO
El Casino Bien Formado, el Casino empírico y la Timba
Hay expresiones que no nacen como doctrina, pero terminan funcionando como tal.
Decir “el bueno, el feo y el malo” no es emitir una condena moral: es ordenar la realidad de manera comprensible.
La célebre película El bueno, el feo y el malo (1966), dirigida por Sergio Leone, no pretende enseñar ética ni establecer un tribunal. Lo que hace es algo más simple y más profundo: clasifica tres formas de estar en el mundo.
El bueno no es perfecto.
El feo no es despreciable.
El malo no es un monstruo absoluto.
Son, más bien, tres estados reconocibles de comportamiento.
Ese mismo esquema, trasladado al Baile de Casino, permite comprender sin dramatismo lo que está ocurriendo.
El lenguaje cotidiano ya lo hace de manera espontánea:
decimos que algo está bien hecho, mal hecho o regular.
Decimos que algo funciona, que falla o que se rompe.
No estamos juzgando a las personas; estamos describiendo resultados.
En ese sentido, el paralelismo no es una agresión, sino una herramienta de lectura.
El Casino Bien Formado es el equivalente del “bueno”.
No porque sea moralmente superior, sino porque su funcionamiento es coherente.
En él, cada elemento cumple una función: la estructura organiza, la navegación orienta, la conducción transmite, el ritmo distribuye.
Es un sistema que funciona. Y cuando algo funciona, el lenguaje lo llama “bueno”.
El Casino empírico ocupa el lugar del “feo”.
No como insulto, sino como categoría intermedia.
Es una práctica viva, nacida del uso social, cargada de intuición y experiencia, pero irregular en su forma.
A veces acierta, a veces falla.
A veces aparece la figura, a veces se desdibuja.
El resultado no es armónico de manera constante, y por eso el lenguaje común lo percibe como desigual.
La Timba asumida como categoría bailable desestructurada representa el “malo”.
No porque la música lo sea —la música es otra cosa—, sino porque, en su uso deformado dentro del baile, tiende a romper los marcos que hacen posible la coherencia coreográfica.
Sustituye estructura por impulso, conducción por reacción, forma por agitación.
El resultado no es simplemente distinto: es incompatible con la lógica del sistema que pretende reemplazar.
Aquí aparece una clave importante:
en el discurso cotidiano, llamar “malo” a algo no implica condena ética, sino ineficacia funcional.
Un mecanismo que no cumple su función es malo.
Un paso que no se sostiene estructuralmente es malo.
Un sistema que no reproduce resultados consistentes es malo.
No es un juicio sobre la persona.
Es un juicio sobre el resultado.
El western de Leone no nos pide que odiemos al feo ni que moralicemos al malo.
Nos muestra que existen distintas formas de actuar, y que cada una tiene consecuencias.
Del mismo modo, el análisis del Casino no necesita convertirse en ataque ni en defensa emocional.
Basta con observar.
Cuando el baile conserva su estructura, se reconoce.
Cuando la pierde parcialmente, se percibe irregular.
Cuando la abandona por completo, deja de ser lo que era.
El lenguaje popular, con su aparente simplicidad, ya lo sabía:
lo bueno funciona,
lo irregular fluctúa,
lo que rompe el sistema deja de cumplir su función.
Y en el fondo, más que un juicio, es una constatación.
Yoel Marrero
Creador del Método del Cuadro del Casino (MCC)
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